Zapato roto

Ay, Cenicienta, ¿qué cubana hubiera dejado botada una zapatilla? No digas una zapatilla de cristal… ¡Ni un par de tenis viejos! Porque quién no sabe lo útiles que son lo fines de semana, batea servida”… Y yo, que mirando mis viejos zapatos de trabajo, mis ahora viejos y rotos zapatos, agradecía a Dios que no fuera más que una sencillez la rotura, fui interrumpido por aquella mujer.

Las palabras para nada líricas le saltaron de la boca y del cuerpo entero, ante el despegue de sus “cuñas” o “plataformas”, como le dicen las cubanas a uno de los zapatos femeninos cuya moda no se extingue.

Entonces, me volví a Dios, pero esta vez con un pedido: Que, aunque casi con tantas faenas como Cenicienta, nuestro salario del mes nos alcance para comprarnos zapatos cada vez más lindos y duraderos, sin tener que apretarle demasiado los cordones al plato.

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