Campo y ciudad

CampoCiudadRopas de colores gastados de tanta lavadora y plancha. Uno o dos vestidos vivos. Pero la sonrisa guajira abunda. Así amanece a diario mi pueblo de Vertientes.

Quien conoce París, Caracas o nuestra propia Habana (salvando lógicas distancias), no entiende el motivo para mantener ese buen ánimo entre baches, polvo, tractores y caballos tirando de las llamadas “planchas”, carromatos para trasladar personas que desde los años ’90 llegaron, al parecer, para multiplicarse.

En Camagüey, la capital provincial, las cosas cambian un tanto. Hay más ropas nuevas, más autos, menos baches… pero menos sonrisas. Cada quien camina concentrado en “su mundo”. Van más rápido. La gente lleva más apuro y menos educación formal.

Un muchacho pelea con una anciana en el ómnibus repleto, donde una señora reclama un puesto para una mujer embarazada.

Hay mendigos, cada vez hay más mendigos. ¡Qué solo está quien duerme en las calles! ¡Qué solos están quienes ni piensan en la soledad del prójimo!

¡Qué ironía! El hombre parece haber ganado con las grandes ciudades la peor soledad, esa que hunde sus garras a pesar de tanta gente alrededor.

¡Qué lástima que las limitaciones protejan al hombre de tanta miseria! En el equilibrio correcto para cada cosa está el éxito secreto de la vida, lo demuestran algunos guajiros de mala entraña y citadinos de alma amplia como la llanura camagüeyana.

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