Con los ojos de Abel

Con los ojos de AbelCumpliría 26 años en octubre. Dejó atrás los salarios de la agencia de Pontiac, el apartamento de alquiler en El Vedado; los estudios; la familia; Eulalia Vega, su enamorada; la posibilidad de tener otros “polaquitos”, como le decían a él de niño… pero ni una palabra delatora salió de su boca; de sí solo salió la mirada firme, fiel, insoportable para los esbirros a tal punto que decidieron arrancarle los ojos. No se equivocó Joaquina Cuadrado cuando expresó que en los ojos de su hijo estaba el alma libertaria de la Patria. Abel Santamaría fue un hombre admirable.

Magníficas también aparecen las vidas de jóvenes como Renato Guitart, que a sus 22 años no dudó en dar todo su dinero y poner en peligro su vida por el bien de la Patria; o como el jovencito Ramón Pez, que a sus 19 primaveras pudo escabullírsele a la dictadura en una ciudad desconocida; o ejemplos como el de Fidel que, en contra del pedido de Abel, envió a este al lugar más seguro del asalto, el hospital Saturnino Lora, para preservarle la vida a su sustituto al mando.

Sin embargo, ¿qué le importa a un joven de hoy el Moncada? La respuesta tiene su claroscuro, entre otras cosas, porque casi nunca logramos ponernos en la piel de esos muchachos de veintitantos años y hasta de menos edad que se arriesgaron por una Cuba mejor.

La distancia de 60 años debe acortarse en las clases de Historia de Cuba y en las lecciones familiares, de modo que cada cual conozca cuán cierto es que a veces muriendo se vive, para que cada quien sienta cuánto vale la pena dar hasta la sangre por una causa altruista. Pero estos sucesos que reiniciaron la lucha armada por nuestra independencia no penetran como debieran en el corazón de todo el pueblo; quedan en la memoria con datos incompletos porque se adquieren, a veces con una enseñanza deficitaria, para salir bien en una prueba escolar.

¿Cómo motivar a alguien para que aprehenda la utilidad del patriotismo si aún quedan por resolver algunas aristas de problemas expuestos en aquel histórico alegato de autodenfensa de Fidel, La Historia me absolverá?

La tierra, aunque repartida y nuestra, no hemos sabido aprovecharla al máximo; en la industrialización aún hemos de avanzar mucho; y la vivienda, a pesar del rotundo giro después de 1959, nos da algunos dolores de cabeza. Incluso en la educación tenemos faltas por saldar, como evidenció el discurso de nuestro presidente hace unos días en la clausura del primer período ordinario de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular: “Conductas, antes propias de la marginalidad, como gritar a viva voz en plena calle, el uso indiscriminado de palabras obscenas y la chabacanería al hablar, han venido incorporándose al actuar de no pocos ciudadanos, con independencia de su nivel educacional o edad”.

Pero si no nos importan las enseñanzas de la historia es muy difícil resolver nuestros líos actuales y prepararnos para los futuros. Raúl lo aseguró muy bien: “el primer paso para superar un problema de manera efectiva es reconocer su existencia en toda la dimensión y hurgar en las causas y condiciones que han propiciado este fenómeno a lo largo de muchos años”.

No debemos, pues, rendirnos ante los apáticos, ni obviarlos, sino buscar la manera eficiente de incorporarnos todos al mejoramiento de todos. En nuestra historia están las claves, lo demostraron los moncadistas que, martianos al fin, unieron hasta a los más rebeldes de la juventud en aras de causas tan altas como la libertad y la justicia. Vayamos a la revitalización del trabajo honrado como estímulo y virtud; la agilidad del paso no depende solo del gobierno que aquellos asaltantes lograron para nosotros y para las generaciones venideras.

La virtud tiene que ser prioridad. No importa que haya que nadar contra corrientes complejas como el desapego por el socialismo en algunos ciudadanos. Para desarraigar de Cuba la doble morabel santamaríaal y la corrupción hay que lograr un pueblo culto, capaz de aprovechar más las garantías para la expresión libre del pensamiento, garantías que deben crecer. Hay que alcanzar que el más trabajador gane más dinero, que quien robe sea en verdad un lastre, que la decencia y el amor al prójimo sean conductas predilectas de nuestra sociedad. Por eso lucharon desde antes de Martí y después de él, jóvenes admirables como Abel; hay que entenderlo y sentirlo así.

No se logra cambiar en dos días lo que se ha torcido durante años, y la desesperanza es casi siempre el peor enemigo del ser humano. Por eso es vital repasar la Historia y ver con qué perseverancia lucharon y vencieron quienes fueron un día torturados, presos y abatidos con las muertes de sus familiares y amigos.

¡Qué urgente nos es inculcarnos en el amor a la patria, así de verdad y sin “muela”! Nuestro país sería mucho mejor si cada cubano estuviera más feliz de ser cubano, más maduramente feliz de ser cubano, que implica ser patriota porque, ¿quién puede sentirse pleno si no lleva en sí admiración por sus raíces? Mucho importa que nos importe siempre nuestra historia, eso aún dice la mirada indeleble de Abel. De no verlo así, nos jugaríamos el futuro.

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