El niño y el payaso

niño payaso ironíaEl niño sonríe por las muecas del payaso. Sus padres, profesores los dos, salieron de vacaciones, como la mayoría de los cubanos, en los meses de más calor: julio y agosto, cuando también recesa la docencia en las escuelas.

En Cuba el gobierno prioriza la recreación en este período y promueve actividades como esta en el Casino Campestre de la ciudad de Camagüey.

El payaso, con sus ocurrencias, les saca carcajadas hasta a los padres. Como al pequeño de poco más de un año está tan entusiasmado lo acercan al payaso, y los ojos del niño se iluminan por los saltos alegres, las caras cómicas y las caídas tontas de aquel profesional de la risa.

La función es un éxito, un aguacero de sonrisas que refresca la mañana en sus horas altas.

Casi al acabarse el show un esfuerzo apenas perceptible se dibujó en el rostro pintorreteado y siguió la diversión durante un rato.

Cuando los padres comenzaron a retirarse con sus hijos el sombrero estrafalario abandonó la cabeza autora de tanta algarabía y una mirada mustia salió del rostro multicolor.

El niño lloró, lloró con ojos esos vírgenes y sin dobleces propios de la niñez. Lloró sin comprender aún el cambio brusco en el ánimo humano. Más tarde, maestros como sus padres le mostrarán cómo reír con llantos internos, luego aprenderá a enfrentarse o sumarse a las múltiples ironías de la vida y él, también de algún modo, será como aquel payaso.

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