La ciega y el vidente

el guitarrista ciego Picasso
El hombre le pide 20 centavos; es de los pocos en Camagüey con una tarifa lógica de limosnero.
Ella baja de la acera con una mueca de desdén en su rostro, de asco por la apariencia de aquel sujeto. No le parece prójimo. Es como si al pedirle la pudiera tocar, como si le ensuciara el vestido carísimo o la piel nívea (no solo por lo blanca, también por la crema Nivea comprada en alguna boutique o enviada desde el extranjero).
Él sigue pidiendo, como si no la viera, como si no sintiera el desdén.
Yo me acerco por la misma acera y comprendo por qué el hombre insiste en la súplica: es ciego. Por eso las gafas.
Ella lo arrastra con la mirada, lo fusila, le tira un haz de relámpagos. A penas lo mira y apenas lo ve; creo que no lo ve. Mientras, él pide, inmutable, como si no sintiera el peso de mirada alguna.
“¿No ve que yo ando limpia? ¡Qué dinero ni que nada! Total: todo se lo gastan en alcohol”, le dice a la mujer que camina a su lado, igual de fina y desdeñosa. Y siguen su camino, mirando solo hacia adelante.
El hombre se calla, entonces, como si aquellas palabras le abrieran los ojos y se los cerraran de golpe. Pero su silencio tiene más filo que aquella voz cruel. Menea la cabeza, la baja, pasan unos segundos y la sube y vuelve a extender la mano; lo hace con un aire de triunfo, de gloria, al menos así yo lo veo, lo veo dignísimo.
Exprimo un poco más mi bolsillo enclenque y regalo por encima de la tarifa, como si con mi humilde ayuda premiara la visión de los que saben ver, y condenara a los de miradas estériles. Obsequio como si lo hiciera a un amigo o a un héroe. Celebro que haya hombres de una visión tan aguda, capaces de examinar el alma sin detenerse en los rostros y perdonar las cuchilladas que lanza el prójimo sin que este pida perdón.
Hay hombres con méritos de un rey sentados en las aceras de los hoteles. El mundo está ciego, casi.

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